Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es levantarme al día siguiente y darme cuenta que ya nunca más te veré durmiendo a mi lado. Que no te volveré a decir: "joder, pareces una manta eléctrica, el calor que das". Que no me voy a dar la vuelta y te voy a poder dar los buenos días a mi manera, con besos y caricias. Lo que duele no es el dolor. No. Lo que duele es pensar que nunca más te podré agarrar de la mano mientras paseamos por Madrid. Que no podremos correr por esas calles estrechas intentando escapar de la lluvia y que, al final, empapados, me cojas y me comas a besos en medio de la tormenta aún sabiendo que estaré toda la tarde quejándome porque se me ha rizado el flequillo. Y tú tampoco me dirás: "anda tonta, si estás guapa de todas las formas". Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no volveremos a ver un partido de rugby juntos, no me explicarás todas esas cosas que no entiendo, ni te podré picar porque el equipo por el que has apostado ha perdido. Que ya no te podré hacer la cena ni podremos discutir por cosas tan gilipollas como si me pongo una camiseta tuya para desayunar o no, o si ponemos a Los chikos del maíz, a Marea o a Charly Efe mientras nos duchamos. Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no me volverás a follar de la manera en que tanto me gustaba, ni te podré morder las orejas, ni gemirte al oído. Que no iré a verte a los partidos, ni a recogerte a la salida de los entrenamientos, ni podré decirle a la gente: "¿veis a ese medio melé tan guapo de ahí? Pues es mío". Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no volveremos a hablar de política. Que ya no recibiré un mensaje tuyo diciéndome: "amor, ¿has llegado bien a casa?", ni te enfadarás porque te vacilo demasiado por whatsapp. Lo que duele es pensar en todas esas cosas que se han quedado por hacer. Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es sentir tu ausencia, tú, que me llenabas tanto.
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