domingo, 8 de noviembre de 2015

Vuelta a la rutina.

Y vuelves a aparecer, sin avisar y sin nada rompiéndome de nuevo todos los esquemas. Yo que te había superado... o eso pensaba.
El viernes de borrachera tuve una conversación con tus amigos. Yo les dije lo que sentía, con total confianza. Les dije que había estado con más chicos después de ti, qué al principio lo pasé fatal pero que ya no me acordaba de ti tanto como antes.
Uno de tus amigos me dijo que mentía, que no te había olvidado. Y yo en el fondo sabía que él tenía razón.
No te he olvidado, ya no pensaba tanto en ti, eso es cierto, pero olvidarte... nunca.
Es que no vas a dejar de gustarme. Pasarán 50 años, nos cruzaremos por la calle y se me seguirá acelerando el corazón, me seguiré poniendo nerviosa, te seguiré echando de menos.
Y qué mierda que en solo una conversación de 15 minutos te desmonten tu teoría, ¿eh?
Veremos lo que pasa ahora que has vuelto a hablarme y a interesarte por mí.
Lo único que quiero es no volver a pasar por lo mismo.
Por favor, no me hagas daño.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Lo que duele no es el dolor.

Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es levantarme al día siguiente y darme cuenta que ya nunca más te veré durmiendo a mi lado. Que no te volveré a decir: "joder, pareces una manta eléctrica, el calor que das". Que no me voy a dar la vuelta y te voy a poder dar los buenos días a mi manera, con besos y caricias. Lo que duele no es el dolor. No. Lo que duele es pensar que nunca más te podré agarrar de la mano mientras paseamos por Madrid. Que no podremos correr por esas calles estrechas intentando escapar de la lluvia y que, al final, empapados, me cojas y me comas a besos en medio de la tormenta aún sabiendo que estaré toda la tarde quejándome porque se me ha rizado el flequillo. Y tú tampoco me dirás: "anda tonta, si estás guapa de todas las formas". Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no volveremos a ver un partido de rugby juntos, no me explicarás todas esas cosas que no entiendo, ni te podré picar porque el equipo por el que has apostado ha perdido. Que ya no te podré hacer la cena ni podremos discutir por cosas tan gilipollas como si me pongo una camiseta tuya para desayunar o no, o si ponemos a Los chikos del maíz, a Marea o a Charly Efe mientras nos duchamos. Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no me volverás a follar de la manera en que tanto me gustaba, ni te podré morder las orejas, ni gemirte al oído. Que no iré a verte a los partidos, ni a recogerte a la salida de los entrenamientos, ni podré decirle a la gente: "¿veis a ese medio melé tan guapo de ahí? Pues es mío". Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es que ya no volveremos a hablar de política. Que ya no recibiré un mensaje tuyo diciéndome: "amor, ¿has llegado bien a casa?", ni te enfadarás porque te vacilo demasiado por whatsapp. Lo que duele es pensar en todas esas cosas que se han quedado por hacer. Lo que duele no es el dolor. Lo que duele es sentir tu ausencia, tú, que me llenabas tanto. 




martes, 3 de febrero de 2015

Incumplidas.

¿Para qué sirven las promesas? Es algo que nunca he entendido. Siempre prometemos cosas pensando que las cumpliremos para, o una de dos, hacernos felices a nosotros mismos o hacer feliz a alguien. Yo lo llamo engañar(se), porque en el fondo todos sabemos que no lo vamos a cumplir. 


Prometí no volver a escribirte y aquí estoy de nuevo, dedicándote otra entrada más. Pero esta vez no es para lamentarme ni decirte que te echo de menos, porque si dijese eso (¡por fin!) estaría mintiendo. Es para decirte que ya he terminado de releer nuestro libro y que me he aburrido. He decidido empezar otro que tiene mejor pinta y el principio me está gustando bastante, ¿sabes? No sé cómo acabará, si me gustará o no, si lloraré con el final... Ya lo veremos con el tiempo. 

Pensé en quemarlo para no volver a caer, para no cometer el mismo error que he estado cometiendo estos meses, pero sería borrar una parte de mi vida y no me gustaba la idea. Nunca he sido de esa clase de personas. Así que mejor lo guardo en mi estantería, que se quede cogiendo polvo con todos tus recuerdos, con los míos, con tus mentiras y mis medias verdades escritas en tinta invisible.


Echo la llave hasta la próxima vez que me toque guardar otro. Y esperemos que me guste más que el tuyo. 



jueves, 29 de enero de 2015

Madrid.

Recogiendo la leonera que tengo por habitación, he encontrado un libro que me regalaron mis padres estas navidades, lo he abierto y me he perdido entre sus hojas. No es un libro de poesía, ni de estos super bohemios que le ha dado a la gente por leer ahora. Es de Risto Mejide, Urbrands, pero leyéndolo me he topado con un párrafo que me ha tocado el corazón. Bueno, no sé exactamente si el corazón, pero algo me ha tocado, eso seguro. Y quizá es porque he pensado por un momento que los protagonistas éramos tú y yo.

Y decía así:

"Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.
Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.
Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizá. Pero ellos... .
A lo que iba.
Nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creíamos resuelta, por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que un sí le acaba siempre cediendo a un no. 
Pero tú aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal. 
Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no dar portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acogiese, los escuchase y les diese calor. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos, con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue, son esas anécdotas estúpidas que solo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito. 
Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque solo sea tu atención. 
Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos felices. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta - por hacer la lista infinita -, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.
Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final. 
A partir de ahora, tú tranquila, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte la alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí. 
Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.
Haz ver que me olvidas. 
Y me acabarás olvidando.
De verdad."


Y yo solo espero que sea así. Que algún día alguien me pregunte por ti y no me duelas, que no sienta nada por dentro y pueda hablar sin que se me quiebre la voz. Que deje de escribirte y pueda decirte todo ésto a la cara sin llorar. Ese día sabré que te habré superado y que solo serás una pequeña estrofa de la canción de mi vida, pero que ya no sonarás más.