sábado, 2 de enero de 2016

Roma.

"Una huida es una mudanza de problemas. Recuerdo muy bien la primera vez que le solté esa frase a Roma. Se la solté como quien deja caer un aforismo para el cual el mundo aún no está preparado. Como dejando una pausa dramática previa al aplauso. Se me quedó mirando fijamente con sus ojos verde infinito y me soltó un "ya" que me dejó bailando en pelotilla picada como sólo un monosílabo puede dejarte.
No era la primera vez que intentaba disuadirla, bordearla, rodearla, tratar de evitarla de algún modo y a toda costa. Cuando eres consciente de lo mucho que puede atraparte la belleza, prefieres no tener que exponerte nunca y seguir disfrutando de tu ignorancia, sí, pero en libertad.
Y mira si era bella que aún no le había dado tiempo a construirse un centro histórico, y sin embargo ya era una de las más deseadas. Todo el mundo que la veía, de forma instantánea ansiaba recorrerla. Lo que prometía su juventud, lo cumplía con creces una mente fuera de lo común y una madurez impropia de las vueltas al sol que había podido dar. Y por alguna razón que aún hoy se me escapa, ella me eligió a mí. Un turista con las sandalias demasiado gastadas, una piel con muchas horas de sol y una mochila pesada hasta decir basta.
Por eso, nada más conocerla, le dije que no me creyese, que jamás confiase en mí. Como vi que no me hacía ni caso, pasé al siguiente nivel. Le amenacé, le dije que si se enamoraba de mí sólo íbamos a sufrir los dos. Que el amor sólo dura tres años. Y a mí cinco, como mucho. Que todas las relaciones que había tenido las había acabado yo y después habían acabado conmigo. Que yo no estaba en un momento para sentir nada por nadie. Que sólo sería disfrutarnos juntos. Que nos acompañásemos en soledad. Y acabé preguntándole si quería que su soledad acompañase a la mía. Y me dijo que sí.
Había que tomar medidas más drásticas. Le hice jurar que no nos comprometeríamos nunca. Que jamás me prometiese fidelidad. Que si quería podía acostarse con quien quisiera. Que ella era libre y que debía seguir siéndolo conmigo y pese a mí. Pero nada. Me felicitó por pensar así y me dijo que hacía tiempo que buscaba un hombre con esas ideas. Me morí de ganas de preguntarle si seguía buscando, pero me mordí la boca.
La invité a cenar a mi casa y quemé una pizza para que viese lo inútil que puedo llegar a ser. Le encantó. Se la acabó entera. Se quedó a dormir. Y yo en cambio le regalé un cepillo de dientes.
No podía ser. Subí el nivel. Máxima potencia. A toda máquina. De perdidos al río. Le confesé que en realidad yo era bígamo. Que ella formaba parte de la mitad de mi plan. Que debíamos buscar una tercera juntos.Y que me ayudase con las candidatas. Me dijo que vale. Que dónde estaban.
Pude ignorar a Roma cada cinco minutos. Luego cada diez. Después cada veinte. Y así hasta que sólo pude dejar de verla una vez cada quince días. Hoy no recuerdo la última vez que pude pasar un día sin pensar en ella. Y lo peor, estoy feliz. Ella me ha hecho sentir bien haciendo justo lo contrario de todo lo que pretendía hacer.
Con Roma me ha salido todo al revés.
Hasta su nombre."

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